Las amenazas volcánicas van mucho más allá de las erupciones. Caídas de ceniza, lahares, gases tóxicos, corrientes piroclásticas y hasta alteraciones del clima hacen parte de los fenómenos que deben estudiarse para prevenir desastres.

Colombia alberga el segmento más septentrional de la cadena volcánica de los Andes y cuenta con más de 20 volcanes activos que han registrado erupciones recientes, varios de ellos en tiempos históricos. Aunque estos sistemas naturales forman parte de la dinámica geológica del país, el conocimiento científico y la gestión del riesgo son fundamentales para evitar tragedias como la ocurrida en Armero en 1985.
Así lo explicó el profesor John Jairo Sánchez Aguilar, del Departamento de Geociencias y Medio Ambiente de la Facultad de Minas de la Universidad Nacional de Colombia, durante una conferencia dedicada a los peligros volcánicos y a la importancia de despertar el interés por la vulcanología.
"Hoy en día reconocemos que en Colombia hay más de 20 volcanes con erupciones muy recientes, muchos de ellos con erupciones históricas, es decir, con erupciones que se han observado o documentado en años pasados", señaló el investigador.
El académico explicó que las amenazas volcánicas se agrupan en dos grandes categorías. La primera comprende los fenómenos con efectos principalmente locales y de corto plazo: caídas de ceniza o de piroclastos, flujos de lava, lahares, emisiones de gases volcánicos, corrientes de densidad piroclástica y deslizamientos volcánicos. La segunda corresponde a la modulación del clima, cuyos efectos pueden sentirse a escala regional o global durante años.
Entre los fenómenos más frecuentes se encuentran las caídas de ceniza, producto de las erupciones explosivas. Durante estos eventos, enormes cantidades de material sólido son expulsadas hacia la atmósfera y pueden alcanzar grandes alturas debido a la presión de los gases contenidos en el magma.
Sánchez Aguilar destacó que uno de los impactos más importantes de estas nubes de ceniza ocurre sobre la aviación. Según explicó, cuando la ceniza alcanza la estratósfera puede dispersarse por extensas regiones del planeta y afectar las rutas aéreas de pasajeros y de carga.
"Los efectos pueden ir desde la pérdida de visibilidad por la abrasión de los vidrios del avión hasta la obstrucción de las turbinas, porque las partículas se funden y luego vuelven a solidificarse dentro de los motores", indicó.
Como ejemplo recordó la erupción ocurrida en Islandia en 2010, que obligó al cierre de los principales aeropuertos europeos durante varias semanas y generó pérdidas económicas millonarias.
Otro de los peligros descritos por el investigador son los flujos de lava, corrientes de roca fundida que avanzan lentamente por las laderas volcánicas. Aunque, en términos generales, permiten la evacuación de las personas, su capacidad destructiva sobre la infraestructura y el territorio es considerable.
"Un ser humano puede correr más rápido que un flujo de lava; sin embargo, una vez este ha iniciado, hay muy poco que se pueda hacer para detenerlo", explicó. Añadió que los intentos históricos por desviarlos mediante muros, barreras o incluso grandes cantidades de agua han demostrado ser, en la mayoría de los casos, ineficaces.
Sin embargo, para Colombia el mayor riesgo está asociado a los lahares, corrientes de agua y sedimentos que descienden por los cauces de los ríos después de una erupción o del derretimiento de glaciares.
El profesor recordó que el caso más dramático ocurrió en noviembre de 1985, cuando una erupción relativamente pequeña del Nevado del Ruiz derritió parte del hielo acumulado en su cima. En pocas horas, enormes lahares descendieron por diferentes drenajes y sepultaron gran parte de Armero, causando alrededor de 23.000 muertes. Otros flujos afectaron a Chinchiná, donde fallecieron cerca de 2.000 personas.
"En total se habla de 25.000 fatalidades y ese evento fue bastante grave porque jamás se había pensado que una de estas cosas pudiera ser tan mortífera. A los colombianos nos tocó aprender esa lección tan difícil", afirmó.
El investigador explicó que este tipo de eventos ya había ocurrido en siglos anteriores sobre la misma cuenca del río Lagunilla, donde registros históricos mencionan cientos de víctimas en el siglo XVI y cerca de un millar durante el siglo XIX.
Pese a la magnitud de la tragedia, Sánchez Aguilar considera que el país fortaleció significativamente sus capacidades de monitoreo y respuesta. Como resultado de lo ocurrido en Armero se consolidaron instituciones como el Sistema Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres, los observatorios vulcanológicos y la Red Sismológica Nacional.
Como evidencia de ese aprendizaje mencionó la erupción del Nevado del Huila entre 2007 y 2008. Aunque los lahares generados fueron incluso más voluminosos que los del Nevado del Ruiz, la preparación institucional y el trabajo con las comunidades permitieron evitar pérdidas humanas.
Durante su intervención también abordó el riesgo asociado a los gases volcánicos. Si bien el vapor de agua constituye la mayor parte de las emisiones, algunos compuestos como el dióxido de carbono pueden acumularse en zonas bajas y representar un peligro para la población.
Como ejemplo citó el desastre ocurrido en el lago Nyos, en África, donde una liberación masiva de dióxido de carbono provocó la muerte de aproximadamente 1.600 personas y numerosos animales.
Las corrientes de densidad piroclástica constituyen otra de las amenazas más letales. Estas avalanchas de gases y fragmentos volcánicos pueden desplazarse a varios cientos de kilómetros por hora y alcanzar temperaturas de cientos de grados centígrados.
"No hay posibilidad de correr más rápido que una de esas. La recomendación es no estar cerca cuando un volcán presenta evidencias de una erupción explosiva", enfatizó.
Finalmente, el investigador se refirió a los deslizamientos volcánicos gigantes y a la capacidad de algunas erupciones para modificar temporalmente el clima terrestre mediante la emisión de aerosoles y gases hacia la atmósfera.
Aunque Colombia no ha registrado erupciones de esa magnitud en tiempos recientes, señaló que fenómenos de este tipo han sido documentados en otros lugares del mundo, como la erupción del volcán Pinatubo, en Filipinas, cuyo impacto produjo un enfriamiento global durante varios años.
Para Sánchez Aguilar, comprender todos estos procesos no solo permite avanzar en el conocimiento científico, sino también reducir la vulnerabilidad de las comunidades que habitan cerca de los volcanes. "La idea del estudio de las amenazas volcánicas es que las fatalidades vayan disminuyendo", concluyó.
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